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DIA

BORJA ARRIZABALAGA  

TITULO: CONVIVIENDO CON LA SUPREMACIA DE LA MEDIOCRACIA EN LAS ORGANIZACIONES QUE SE HA INSTALADO EN EL PODER

Ser mediocre es encarnar el promedio, querer ajustarse a un estándar social, en resumen, es conformidad. Pero esto no es en principio peyorativo, pues todos somos mediocres en algo. El problema de la mediocridad viene cuando pasa a convertirse, como en la actualidad, en el rasgo distintivo de un sistema social. Hoy en día nos encontramos en un sistema que nos obliga a ser un ciudadano resueltamente promedio, ni totalmente incompetente hasta el punto de no poder funcionar, ni competente hasta el punto de tener una fuerte conciencia crítica. Aquellos que se distinguen por una cierta visión de altura, una cultura sólida o la capacidad de cambiar las cosas quedan al margen. Para tener éxito hoy, es importante no romper el rango, sino ajustarse a un orden establecido, someterse a formatos e ideologías que deberían cuestionarse. La mediocracia alienta a vivir y trabajar como sonámbulos, y a considerar como inevitables las especificaciones, incluso absurdas, a las que uno se ve obligado.

En el siglo XIX, la mediocridad se refería al temor de la burguesía al surgimiento de la clase media, que insistía cada vez más en que podría desempeñar un papel en áreas que alguna vez se reservaron para ella, como las artes, las ciencias, la política o el ejército. Desde esa época, autores completamente diferentes como Marx, Max Weber, Hans Magnus Enzensberger o Lawrence Peter informan de una paulatina evolución, lo mediocre se convierte en el referente de todo un sistema. 

En el siglo XX hay una inversión de la relación: la «mediocridad» ya no denota lo que la clase dominante teme, sino lo que organiza: un orden en el que los agentes se comportan de una manera media, intercambiable, predecible y remota. Los mediocres tomaron el poder casi sin darse cuenta, como respuesta a una evolución de la sociedad en dos aspectos. El primero, fue la transformación gradual de los oficios en empleos. Esto implicaba una estandarización del trabajo, es decir, algo promedio. Se ha generado un tipo de promedio estandarizado, requerido para organizar el trabajo a gran escala en el modo alienante que conocemos, y hemos hecho de este trabajo promedio algo incorpóreo, que pierde significado y que no es más que un medio para que el capital crezca y para que los trabajadores puedan subsistir.

La Aparición de corporaciones multinacionales en muchos sectores después de la Segunda Guerra Mundial, lo que alentó el desarrollo de protocolos de trabajo estrictos y controles administrativos globales”. Algo que hoy en día, explica, se ve acentuado y consolidado por “la financiarización del capital, que nada a favor de una oligarquía accionarial obsesionada solo por los rendimientos financieros. El trabajo, ahora estandarizado, se reduce a una actividad con criterios precisos e inflexibles que sólo permite la subsistencia. Como profesor, como administrador, e incluso como artista, uno está obligado a someterse a modalidades hegemónicas para subsistir”.

Podemos permitirnos vivir en la mediocridad siempre que la degradación generalizada nos satisfaga y estemos de acuerdo en la infantilización en la que el capitalismo nos sumerge en cuestiones políticas. Si estamos globalmente satisfechos con el simple estado de «empleado» y «recursos humanos» (¡tristes expresiones ahora trivializadas por el vocabulario de la administración!) o si nosotros mismos percibimos el mundo desde el punto de vista de los consumidores formateados por el marketing, no hay razón por la cual este régimen deba detenerse. Sin embargo, nos enfrentamos a problemas demasiado graves: el calentamiento global, la contaminación del aire, el colapso de las instituciones públicas… Hay tantas amenazas que no podemos estar satisfechos con confiar el poder a jefes sin visión y sin convicciones. Estamos en un punto de inflexión, la cuestión es tanto política como moral, y se refiere a que en que colectivamente merecemos algo mejor.

 ¿Qué opciones tenemos para luchar contra la mediocracia?

La mejor alternativa es El pensamiento crítico sigue siendo una cosa fundamental, es decir, negarse a usar las ideologías de la época y caminar de acuerdo con sus prescripciones sin hacer que se detengan seriamente. Pero la modernidad nos muestra desde el siglo XIX que la crítica no es suficiente para generar formas de resistencia capaces de transformar profundamente el orden de las cosas. No hay una transformación radical únicamente cuando las personas lo deciden, sino también cuando sucede algo decisivo en términos de eventos. La crisis ecológica en la que estamos inmersos anuncia cambios de paradigma que van a influir en el cambio mucho más que la voluntad humana. No es un progreso hipertécnológico lo que nos espera, sino otros fenómenos bastante contrarios como el agotamiento de la riqueza necesaria para la fabricación de objetos de alta tecnología, la interrupción de la cadena alimenticia tradicional por la desaparición masiva de especies, la reducción considerable de tierras cultivables, la desaparición de bosques enteros, el avance del desierto, el deshielo de los glaciares, el aumento de las inundaciones, la contaminación del aire… Estos fenómenos probablemente se transformarán el mundo mucho más profundamente que cualquier Revolución francesa o del 17 de octubre.

Hoy en dia, hay autores que se refieren a la dominación del mundo empresarial como la teoria de sándwich mixto, en un mundo en lo que lo mediocre esta acaparando el poder, ni demasiado malo, ni demasiado brillante.

Ahora olvide el sándwich y mire hacia el despacho de su jefe. Ahí lo tiene. Piense en el profesor de sus hijos o ponga un rato las noticias y fíjese en nuestros políticos. Incluso en la última película de moda o el disco más vendido. El último best seller… ¿No me diga que no le sabe todo a jamón y queso? Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre.

La mediocracia nos anima a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante, sentencia Alain Deneault. Veamos un ejemplo práctico que pone Deneault para entender el juego perverso del que habla en su libro. El sistema no quiere a un maestro que no sepa ni usar la fotocopiadora, pero menos aún aceptará a un maestro que cuestione el programa educativo tratando de mejorar la media. Tampoco admitirá al empleado de una empresa que intente mostrar una pizca de moralidad en una compañía sometida a la presión de sus accionistas. Traslade el modelo a cualquier otra profesión y encontrará un panorama con profesores universitarios que en lugar de investigar rellenan formularios, periodistas que ocultan grandes escándalos para generar clics con noticias de consumo rápido, artistas tan revolucionarios como subvencionados y políticos de extremo centro. Ni rastro del orgullo por el trabajo bien hecho. «Por oportunismo o por temor a represalias estructurales, es difícil resistir la presión de la mediocridad», lamenta el filósofo canadiense.

«Nuestros sistemas masivos de calificación, de evaluación y de indicadores están pensados para gestionar la media. Y la verdad es que lo hacen bastante bien», defiende Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del País Vasco. «La parte mala es que también castigan la disonancia, lo disruptivo. Lo que nos suena extraño tendemos a calificarlo como malo. La única manera de combatir ese sesgo es tener un sistema en paralelo para concederse una cierta excepcionalidad porque el sistema, por nuestro comportamiento gregario y por la igualdad democrática, tiende a premiar la conducta adaptativa. Quien quiera evitar ese sesgo lo que debe hacer es procurarse la compañía de alguien que le diga la verdad a la cara, que no le haga la pelota como hacen los asesores de hoy en día, sino que le diga alguna vez que está haciendo el ridículo, como hacían los bufones del Rey».

El origen de esta mediocracia se remonta, según el relato de Alain Denault, al siglo XIX, «cuando los oficios se transformaron gradualmente en empleos», se estandarizó el trabajo y los profesionales se convirtieron en «recursos humanos», formateados, clasificados y empaquetados como gerentes, socios, emprendedores, autónomos, asociados… Con una eficacia a gran escala que, para Denault, no tiene comparación en la Historia. Tenemos a gente que produce alimentos en cadenas de montaje sin saber cocinar ni un sándwich de jamón y queso, que te dan la turra por teléfono con estimulantes tarifas que ni ellos mismos entienden, que venden libros que jamás leerían. Que trabajan como la media porque el trabajo no es para ellos más que (valga la redundancia) un mediocre medio de supervivencia.

Para el poder, la Mediocridad no es sinónimo de incompetencia. Los poderes establecidos no quieren perfectos incompetentes, trabajadores que no cumplan su horario o que no obedezcan órdenes. En realidad cuesta ser mediocre. Uno puede ser un mediocre muy competente, es decir, aplicado, servil y libre de todas las convicciones y pasiones propias. En ese caso, el futuro es suyo porque las instituciones de poder son reacias a codearse con personas comprometidas política y moralmente o que sean originales en sus pensamientos y métodos.

No vamos a inventar un mediocrómetro para estudiar el grado de mediocridad de las personas, pero sí podemos establecer una evolución de los términos mediocridad y mediocracia en el curso de la modernidad. Inicialmente, era una expresión desdeñosa utilizada por las élites para denunciar el reclamo de las nacientes clases medias que querían probar la ciencia, el arte o la política. Por el contrario, la mediocridad en nuestro tiempo ya no es deplorada, sino promovida, en la que nuestros dirigentes se limitan a manejar los problemas de ayer y en la que se desprecia cualquier pensamiento crítico o cualquier reflexión a largo plazo, porque sólo se autoriza lo normativo, la reproducción, las afirmaciones mecánicas de lo evidente.

Hace tiempo que dejaron de estar los más listos en el Gobierno pero no porque los gobernantes sean más tontos, sino porque los demás somos ahora más listos, comenta Daniel Innerarity. Antes los polticocs eran más brillantes por comparación con la media. Hoy los políticos destacan menos no porque sean más mediocres sino porque se ha reducido la distancia entre el que lidera y los liderados».

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CONVIVIENDO CON LA SUPREMACIA DE LA MEDIOCRACIA EN LAS ORGANIZACIONES QUE SE HA INSTALADO EN EL SIGLO XXI EN EL PODER

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